2016: ¿El Año en Que los Dioses se Volvieron Locos? (Fernando Nunez-Noda)

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Nuestro editor se pregunta si lo atípico y disruptivo de 2016 es un caso de estudio de sucesos inesperados o el inicio de una era en la que se caerá la mayoría de los pronósticos.

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Fernando Nunez-Noda

Muchos observadores coinciden en que 2016 es disruptivo y lleno de eventos que los expertos no pudieron predecir. Nadie sabe porqué, dado que suele tomar tiempo para que se “unan los puntos” y se descifren las causas. Pero hay consenso: quiebres importantes en la geopolítica, en la guerra, en la tecnología y pare usted de contar. Me recordó la película “Los Dioses se Volvieron Locos”, donde a una tribu africana le cambia el mundo de la noche a la mañana.

Sobre las causas también hay hipótesis y conjeturas (aunque no he leído nada sobre deidades que perdieron el juicio). Yo creo que nuevas generaciones criadas con internet, móviles y redes sociales producen cambios telúricos en la visión social del mundo y en las conductas masivas. Un quiebre en las formas tradicionales de logro y ejercicio del poder, con líderes tipo Berlusconi, Putin o el mismo Hugo Chávez, que desafiaron los convencionalismos no siempre para bien de sus pueblos.

Por ejemplo la guerra. Este año las potencias occidentales y Rusia por fin unieron fuerzas y objetivos en derrotar a ISIS antes que se saliera de las manos. Y vaya que crecía sin freno esta maligna coalición de lo más radical e insano del yijadismo.

Hay nuevos paradigmas en la economía, como periódicos transmitiendo radio y TV; buscadores web que dominan el mercado publicitario o monedas como Bitcoin, que pagan y sirven para cobrar sin que las ampare un Banco Central.

2016 no fue excepción, con una importante añadidura: a la caotización del poder se unen ahora nuevos estados y productos de la opinión y conducta públicas. La sociedad ha cambiado en poco tiempo. Internet tiene mucho que ver: desde streamings como Youtube y Netflix hasta eventos en vivo que valen por noticias mundiales. Internet ha pasado a ser “la infraestructura” informacional, de modo que su influencia en activismo, gestión, finanzas, comunicación social o interpersonal y política en general solo crece con el tiempo hasta fundirse en esa maquinaria de bits sobre átomos y ondas.

En febrero aparecieron los Papeles de Panamá, que no fueron lo que se esperaba a pesar del impacto inicial, pero llevaron las filtraciones de contenido privado a magnitudes masivas. La guerra cibernética emulaba ya la guerra antiterrorista: inespecífica, escondida, de pocos contra muchos.

El resto de 2016 solo probó el poder de los hackers, sobre todo si son amparados y financiados por gobiernos, como la comunidad de inteligencia estadounidense afirma que ocurrió con el “jaqueo” de los emails de Hillary Clinton. Los indicios apuntan a Rusia.

El impacto de estas filtraciones en la política estadounidense se está evaluando seriamente. Por ejemplos: la obtención y publicación en WikiLeaks del email privado de John Podesta produjo suficiente combustible para incinerar las bases electorales de Hillary Clinton. Podesta era su jefe de campaña y el contenido mayormente burocrático no estaba exento de excesos e indiscreciones que probaron hacer mucho daño político. Ya perdida la elección, el comando de campaña de Clinton ha seguido denunciando la injerencia rusa en esta peligrosa penetración, incluso en el mismísimo sistema electoral de algunos estados.

No hay evidencia de que tales escarceos o intromisiones hayan causado un impacto relevante en los resultados, pero muchos analistas y periodistas así lo creen. Las “noticias falsas” (fake) hicieron otro tanto, no generadas por hackers pero sí por grandes y pequeños curadores de lo simulado, lo fabricado. Muchas veces organizaciones muy bien orquestadas y aceitadas.

De esta forma se ofrecieron con empaque de noticia y de medios serios, “historias” deliberadamente falsas con el fin de crear determinados efectos en los usuarios. Eso siempre ha ocurrido pero en magnitudes pequeñas, que se perdían en el mar de noticias y reportajes profesionales. Pero entonces la fuerza a veces caótica de internet se manifestó en decenas de miles de piezas que afirmaban casos de misoginia de Trump no ocurridos (como si no fuesen suficiente los reales… bueno, no fueron) y supuestas citas de los correos con delitos inventados para dañar políticamente a Clinton. A veces son muy hábiles trabajos de combinación de noticias reales con vuelcos que favorecen a uno o desprestigian a otro. Google. Facebook y otros titanes mediáticos del ciberespacio se han comprometido a combatirlo.

Este tsunami de textos, mensajes, fotos, videos, animaciones, interactivos ha inundado buena parte de la cultura popular, haciéndose más poderosa que todas las plataformas no digitales juntas. Son esas las que se digitalizan, no lo contrario. Los países desarrollados y en vías de desarrollo están o han trasladado su flujo de noticias, opinión y conversación a la gran red y sus espacios web y de apps.

Ahora ¿puede un grupo humano hacerse más regionalista en medio de tanta apertura y globalización? Pues parece que sí. Las necesidades materiales, inmediatas y locales siguen ejerciendo gran poder en las decisiones ciudadanas.

El 23 de junio un resultado referendario sacudió al mundo: Gran Bretaña le decía Sí a abandonar la alianza política continental de Europa (nunca pertenecieron a la eurozona). Insólito, inesperado, dado por casi imposible. Pero ganó el llamado a salir de la UE, contradiciendo encuestas y vaticinios. Muchos partidarios del No dejaron de votar porque daban su victoria por sentado y el arrepentimiento, por supuesto, llegó tarde.

¿Señal de una reversión de la globalización? Temprano para decirlo, pero al menos localmente sí. Y eso revela es que a las democracias las pueden invadir movimientos no convencionales, radicales o disruptivos, que llegan a influir o gobernar a través del voto.

Cierto que ya tiene 17 años en Venezuela, país donde un partido ganó las elecciones, cambió las reglas de juego mayormente a su favor y ha ido desmantelando la democracia desde adentro. En 2016 Venezuela es un país con mínima libertad política (técnicamente “sin”) y una economía en ruinas. Este año cierra con una inflación de casi 1.000%.

Pero el dominó de izquierda populista se ha frenado y revertido (otra tendencia no esperada) y 2016 mostró dos eventos importantes: el inicio del gobierno de Mauricio Macri en Argentina y la destitución de Dilma Rousseff en Brasil.

Otra joya de 2016: Colombia vivió su pequeño Brexit a principios de octubre, me refiero al voto a favor del NO al acuerdo de paz con las FARC. Aunque el margen fue pequeño igual se preveía un triunfo inequívoco del SÍ. Esas sorpresas se han hecho comunes en 2016.

La tapa del frasco: el triunfo de Trump, la apoteosis de lo inesperado y el resbalón de expertos y encuestadores. Allí no solo hubo un “tubazo periodístico” por las cifras, sino por los esperados efectos de su comportamiento en la campaña, creído letal para sus posibilidades y que más bien lo ayudaron.

Con Trump, si es fiel a lo que asomó en la campaña, sus políticas serán afines al espíritu del Brexit: antimigratorias, proteccionistas, antiglobalización. Por supuesto que frenará el empuje a la izquierda que Obama le dio al gobierno y a muchos programas federales. Pero sobre todo intentará un gobierno con cierta distancia al establishment al que se opuso, pero del que no podrá escapar.

Y como prueba inequívoca de lo disruptivo del año: se murió Fidel Castro. ¿Señal de locura de dioses? Quizá, ante tantos resultados inesperados uno llega a pensar que cualquier cosa es posible. En fin un año intenso, interesante y poco convencional. ¿Es el principio de una tendencia que se replicará en 2017 o una excepción que admiraremos en perspectiva? Veremos.


Fernando Nunez-Noda es Editor de Neorika.


 Publicado en Doral Times.

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