Diálogos de una Misma Tragedia (Juancé Gómez)

Texto y fotos: Juancé Gómez

  • “Dame un kilo de ese queso pa llevá, negro”
  • “¿De cuál…del Palmizulia?”
  • “Ese.. ése…siempre me confundo entre ése y el Paisa”
  • “El Paisa es más suave, mi doñita”.

El mercado de calle, cuyas carpas emulan un Bonsai de circo, comienza a estirar los brazos de su cotidianidad, mientras espera a los clientes de siempre; los mismos vecinos que vienen a este mini bazar de nutrición, de alimento, de continuidad; los vecinos que entre ellos comentan la situación del país; se saludan, comparan precios y se dan sugerencias.

Ya son amigos de la señora que les vende las flores, así como del que les recomienda cuál pescado llegó “más fresco anoche” que otro, a la vez que las moscas, implacables, se posan indistintamente sobre todo lo que se esté vendiendo a pesar de los esfuerzos poco eficaces de algún vendedor quien, detrás del otro lado del mostrador, manotea para mantener a las moscas saltando a un toldo distinto.

  • “¿Quiénes somos?
  • “¡Venezuela!”
  • ¿Qué queremos?
  • “¡Libertad!”

Mientras la marcha comienza su caminata, se relajan unas emociones y se comprimen otras.  Termina la pequeña preocupación – o grande – de que en el punto de encuentro acostumbrado – como la Plaza Altamira o el Crema Paraíso de Santa Mónica, no existan infiltrados del Gobierno, quienes secretamente y haciéndose pasar por periodistas o reporteros gráficos, luego tomen retratos de los “Escuderos de la Resistencia” para llevárselos arrestados y torturarlos brutal y repetidamente en cualquier mazmorra del SEBIN.

A medida que continúa la marcha por el asfalto caliente y agujereado y sobre sus aceras, quebradas de desidia y bancarrota, se reemplaza la pequeña angustia recién dejada atrás para ser reemplazada por una mayor, como, por ejemplo, en qué momento o en cuál lugar comenzará la represión.  Si será en la tarde o ahora “dentro de un ratico”.

Si hombrevan a viví ciento veinte año, nojoda”, remilga el pordiosero recién ignorado por todos los clientes del mercadito.  Desdichado como su ropa rota y percudida, el infeliz mendigo busca, luciendo el color macilento del hambre, algo de comida o dinero entre los clientes que hacen sus respectivas “colitas” para comprar granos, jaleas “traídas de la Colonia Tovar, mamita”, jugos de naranja semi ácidos, empanadas de queso y “calne mechada pol que las de pollo se me telminaron”.

En cada rostro se observan los gestos cansados de tanta espera que no llega, de tanto esperar el amanecer y no ver nada nuevo; son los mismos que regatean cariñosamente con el vendedor de quesos que luce, debajo de su bata blanca y manchada de oficio, la “S” de un Superman que quizás no quiso ser o que quizás nunca lo será.

La exhalación jadeante de un pueblo que cada día siente más el ahogo del garrote vil que estrangula su futuro y su psique. Ese futuro inesperado pero imaginado, así sea mucho o sea poco el que le toque por delante a cada venezolano que vive, padece, sueña, ora y espera que “esta vaina se acomode de una buena vez”.

  • “¡No corran, no corran!”
  • “¡Marica vámonos, ahí está la ballena! ¡Están echando bombas otra vez esos coñosdemadre!”
  • ¡Resistencia, activismo nojoda, vámonos a frentiar a Las Mercedes! ¡Resistan, no se vayan!”

En la Planta Alta del Centro Comercial El Tolón, cercano al final de la Avenida Principal de Las Mercedes, una mujer joven le comenta asombrada a otra, “marica, el jevo no me ha vuelto a escribir, o sea” mientras se debaten entre tomarse un café o “ir a hacerme las manos y ponerme la Keratina porque este sábado que viene tengo una boda”.  A menos de un kilómetro de distancia hacia el norte, sin embargo, decenas de personas comienzan a erguir una barricada provisional en medio de la avenida.

La barricada es, de nuevo, tan provisional como el puente “Elevado” que comunica a esta zona con Bello Monte y así poder franquear el enorme cerro que, mirando hacia el Ávila, interpone su masa de tierra y roca para servir de accidente natural en una ciudad que vive accidentada desde su fundación en 1467.

Escuderos”, “pures”, “jevitas” y hasta “mototaxistas” comienzan a cargar cabillas, piezas de aluminio, bloques, escombros y todo aquello que sirva para lograr frenar, al menos  simbólicamente,  la carga final que todos saben que vendrá; el avance violentamente veloz de las hordas de motocicletas de la Policía Nacional a toda velocidad en dirección a los manifestantes, en medio de las nubes de humo que eructan su ahogo alocadamente entre cientos de personas que corren de la represión; pero esto sucederá, “más tarde güón, vamos a quedarnos hasta que el peo empiece”.

Así transcurren los diálogos de algunas de los millones de voces de Caracas, la co-dependiente hermosa, la perversa de la novela, la figura femenina quien a la vez es bella pero maluca, “burda de cuaima la jeva”. Es la ciudad que vive de nuevo momentos de calor y sangre esparcidos en su geografía y su clima en otro día de “marcha”.

Como una paradoja visual, al momento que un enorme chorro de agua golpea permanentemente a manifestantes y los “descoñeta” sobre la superficie dura de la Autopista Francisco Fajardo, el sol regala la claridad de siempre y el azul de su cielo todavía enamora de tan sólo mirarlo.

Guacamayas de los colores de la bandera pueden verse volando en pares sobre el marrón achocolatado y espeso del Río Guaire, uno de los tantos ríos y quebradas del valle de Santiago de León de Caracas, mientras los que huyen despavoridos de la represión repiten un mantra recién aprendido: “No voy a tirarme al Guaire…No voy al tirarme al Guaire…no voy a tirarme al Guaire”.

Trinitarias y Araguaneyes, Siempreverdes y Chaguaramos dan sombra a “carajitos de diez añitos”, descalzos y atrapados en una guerra que saben que los puede matar de verdad, aunque en realidad, algunos estén muertos de futuro desde que nacieron.

Caracas continúa siendo la “Doña” de Venezuela, la madre bondadosa pero que tiene una psicosis que “ni pendiente, o sea, normal pues”; la que determina hacia dónde va el resto de sus ciudades que fungen y han fungido como hermanas menores de la Sultana del Ávila desde que este país se recuerda como tal.

  • “El pueblo está harto, pero nadie sale a la calle”.
  • “Es que hay mucho enchufao y esos no pelan bolas. Todo lo bachaquean”.
  • “¿Bachaquean? ¡No sé a quién, chama, porque nada se puede comprar ya!
  • “Ah bueno, pa’ que tu veas. Estamos jodidos marica,  jodidos.”

 

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