Icli Zitella y los Mil Caminos de la Música (Perfil)

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Icli Zitella (nacido en 1966, en Caracas, Venezuela) es un compositor contemporáneo que escribe música en una variedad de estilos que van desde el clásico y tradicional a la popular y experimental.

Desde el Conservatorio Nacional Juan José Landaeta de Caracas, entrenado por Juan Francisco Sans, su estilo ha evolucionado hacia un lenguaje musical ecléctico que incorpora muchas influencias y modismos. Sus trabajos incluyen piezas de concierto y de cámara para varios conjuntos, la música electrónica, bandas sonoras de películas y música incidental.

Conozcamos a Icli Zitella en esta entrevista exclusiva para Neorika:

¿Desde cuándo sentiste el deseo o el interés de ser músico?

Desde muy niño. Tendría yo 6 o 7 años de edad. Mi temprana infancia transcurrió en una casa en Antímano, una zona popular en el extremo oeste de Caracas. Mi padre, un inmigrante italiano, había abandonado nuestra familia cuando yo tenía apenas 8 meses de nacido.

En esa casa se respiraba un ambiente musical. Mi hermano mayor era el músico de la familia; pues yo, a la sazón, quería ser pintor. Como yo dibujaba sin parar, mi mamá me inscribió en el taller de pintura del Museo de Bellas Artes, lugar en el que me becaron por dos años seguidos.  Mi hermano, en cambio, fue el encargado de llenar de música mi casa: tocaba la guitarra, hizo que mi mamá le comprara un órgano analógico Yamaha. También él, un poco rastreando las huellas que mi papá había dejado, desempolvó sus viejos discos: sinfonías de Beethoven, alguna pieza para piano de Chopin, recuerdo una Lucia de Lammemmoor (una célebre ópera de Gaetano Donizetti). Ese disco de la ópera Lucia lo rayé.

Inventé una especie de fonógrafo con una aguja de coser, una lámina muy fina de madera balsa y el cilindro de cartón del papel higiénico. Hacía que el plato del tocadiscos girara, mientras yo le pasaba la aguja de mi fonógrafo a los surcos del disco de vinilo. De tanto repetir esta operación, terminé por estropear el disco.

Mi hermano, además, se aficionó a los grupos de Rock sinfónico de los años 70 (Yes, Rick Wakeman, Il reverso della Medaglia, Premiata Fornelia Marconi, etc.). En esos discos de Rock comencé yo a apreciar el sonido de los instrumentos de cuerda (violín, viola, cello y contrabajo). Recuerdo que uno de esos grupos de Rock tenía un fragmento del Adagio para cuerdas de Albinoni: esa obra me conmovió hasta lo más hondo. Fue como si se me revelara un tesoro.

Háblanos de tu formación musical, influencias, estilos.

Mi formación musical fue enteramente académica en un principio. Nunca practiqué otro género de música que la que llaman problemáticamente “música académica” o “clásica”. Nunca practiqué tocar de “oído”. Descubrí la música popular más tarde.

Estudié en tres instituciones: la Escuela de Música José Ángel Lamas, el Conservatorio Juan José Landaeta, luego hice un Master en Manhattan School of Music.

Mi hermano me inscribió a los 11 años en la Escuela de Música “José Ángel Lamas” (en esos tiempos, a finales de los 70, se la llamaba “Escuela Superior de Música”). En esos años, la José Ángel Lamas era un hervidero intelectual entre los estudiantes: hacíamos música de cámara, intentamos crear una orquesta sinfónica en la escuela, leíamos filosofía, teníamos convicciones políticas, debatíamos, íbamos a ver cine de autor, etc.; no era sólo tocar o estudiar música.

Después, terminé mis estudios de composición con Juan Francisco Sans en el Conservatorio Juan José Landaeta. La “Landaeta” en ese momento era la escuela que ofrecía un programa de composición más avanzado, incluso con clases de música electroacústica.

Durante mi primera entrevista en las clases de composición con Juan Francisco, se asomó alguien en la puerta pidiendo obras de los estudiantes para el Concurso de Composición para Piano Moisés Moleiro. Juan Francisco estaba sentado al piano leyendo mi primera obra: “Los cuatro elementos según Paracelso”. Entonces él dijo: “aquí hay una”, señalando mi manuscrito. Yo pensé que estaba bromeando. Pero no fue así. Inscribí la obra en el concurso y gané el primer premio en 1992:

Además de estudiar en el conservatorio, creo que lo que más me ayudó a componer fue escuchar y leer partituras de los grandes maestros fuera de las asignaciones de clase. Los compositores que han dejado una profunda huella en mi música son: Tomás Luis de Victoria, John Dowland, Bach, Schumann, Mozart, Haydn, Beethoven, Chopin, Brahms, Wagner, Hugo Wolf, Mahler, Bartók, Schoenberg, Stravinsky, Tom Jobim, Bill Evans, Duke Ellington, Lutoslawski y Penderecki. A estos autores los he escuchado, masticado, analizado, copiado y digerido de diferentes formas en mi propia obra. Describir su influencia en mi música sería un trabajo imposible de cumplir.

Hay otras dos instituciones que, indirectamente, moldearon mi manera de componer: la Orquesta Filarmónica Nacional y la Escuela de Filosofía de la UCV. Allí conocí al profesor Ezra Heymann, un discípulo del filósofo hermeneuta alemán Hans-Georg Gadamer. Heymann fue a parar a Caracas por las vueltas del destino. Él fue mi tutor en la tesis.

En Manhattan School of Music estudié los dos años de la maestría: 2013- 2015.  Fue un período de mucho trabajo y de adaptación al ritmo de esta ciudad.

Mi estilo musical es ecléctico y heterogéneo. Siempre he desconfiado de auto-definirme como artista, de fijarme en un tipo exclusivo de gestos. Creo que esto me podría hacer esclavo de una imagen estática de mí mismo. Por eso rechazo un estilo único en mi trabajo.

Esta propención mía a cultivar estilos tan distintos y hasta opuestos, me hizo acariciar un día la idea de crear “heterónimos”, como los que usaba el poeta portugués Ferdinando Pessoa. Disolver mi “yo” en varios nombres falsos que cultivaran los distintos estilos que me atraen. Pero después pensé que esto sería complicarme demasiado la vida. Creo que uno debe seguir el impulso espontáneo que le impulsa a crear, así esto resulte extraño y confuso para los otros. Yo entendí que esa heterogeneidad estilística es parte de lo que  soy y de lo que quiero decir con mi música.

¿Cómo ha sido tu experiencia y evolución musicales después que emigraste?

Por un lado difícil: uno pierde las conexiones. Por otro lado, positiva: se te valora justo por lo que eres. Al principio fue duro. Para comenzar, ni siquiera hablaba inglés. Pero en Manhattan School of Music, el “staff” de profesores me brindó siempre su apoyo incondicional. Valoraron mi talento desde el momento en que tuve mi audición y presenté el examen de admisión.

Quizás la música es una de las más sociales de las artes. Necesitas interactuar con otras personas, reunir grupos, crear una red de apoyo para tocar y difundir tu trabajo. Yo eso lo tenía en Venezuela.  Al llegar aquí no conocía a nadie. Poco a poco todo se ha ido dando paso a paso. He conseguido instrumentistas entusiastas de mi música quienes me han encargado obras. Incluso, antes de graduarme de la maestría, la soprano Lucy Shelton, quien estrenara obras del compositor americano Elliot Carter, me encargó una obra para incluirla en el prestigioso festival “Resonant Bodies”, una muestra de la vanguardia norteamericana.

Aquí he tenido un par de experiencias que han marcado mi trabajo. En primer lugar, el haber incusionado en la música electrónica, cosa que nunca había hecho solo (siempre con alguien más y sin equipos propios). En segundo lugar, comencé a estudiar trabajos de etnomusicología. En Manhattan School of Music tomé cursos interesantes en los cuales traían a un conocedor de áreas específicas de lo que se llama “world music” (músicas del mundo): gente que tocaba tambores de las etnias del África occidental o instruemntos del Medio Oriente. Así, el retorno a la naturaleza del sonido y el contacto con tradiciones musicales distantes, me han revelado un completo territorio que quiero explorar de ahora en adelante.

¿Cómo ha cambiado tu vida la experiencia de vivir en otro país?

Pasé de una vida social muy activa en Venezuela (con amigos que nos visitábamos frecuentemente, con muchos alumnos), a una vida de clausura, casi ascética, monacal. Para tomarte un café con un amigo en New York tienes que anotarlo en tu agenda con varias semanas de anticipación y muchas veces te toca cancelar la cita.

Pero en todo esto hay algo muy positivo: es la primera vez que me dedico de lleno a la composición. Más tiempo para la introspección: una condición necesaria para cualquier creación.

Por otro lado, ser inmigrante requiere desarrollar rápidamente una serie de destrezas. Uno debe aprender de cero todo, desde cómo saludar a alguien en la calle, cómo llamar a un mesero en un restaurant, hasta el grado de proximidad física que uno debe tener con otro cuando habla. Es increíble que una cultura no es sólo el idioma. Están también las costumbres, las formas de cortesía, las normas implícitas que nadie dice pero que todos sobreentienden.

Uno se topa también con distintos hábitos de cómo comunicar información. Para los estadounidenses es muy importante la comunicación concisa y directa, sin rodeos. Nosotros, los de cultura latina, somos dados al barroquismo, a decir más de lo que te piden. Poco a poco encuentras una elegancia en esa concisión.

New York es una ciudad rica en todos los sentidos de la palabra. Pero sobre todo en su riqueza cultural y el hecho de encontrarse uno con gente que está trabajando en temas realmente valiosos. Esto es profundamente inspirador. Por otro lado, el ritmo de vida aquí es acelerado. La cantidad de música que yo he compuesto aquí en dos años equivale a la que hice en Venezuela por diez años.

¿Qué opinión tienes de la actual situación de Venezuela? ¿Aspiras regresar algún día?

Terrible. La destrucción de todas las instituciones (nada se salva). Yo mismo fui testigo de cómo la Filarmónica Nacional, la orquesta en la que trabajé por más de veinte años, se fue empobreciendo gracias a la estrechez de miras de la dirigencia cultural del chavismo.  La filarmónica pasó de ser una fundación autónoma a convertirse en el apéndice de un mega-organismo burocrático centralizado, en el cual la música sinfónica no juega ningún papel.  Y así pasó con todo lo demás.

Por otro lado, en Venezuela tenemos una sensación de inseguridad personal y jurídica. Tu vida no vale nada; pueden asesinarte por cualquier cosa: para quitarte un celular, un carro o algo tan insignificante como un par de zapatos. Luego está el hecho de que puedes caer por azar o por mala intención en las garras de un sistema judicial kafkiano: puedes estar violando una ley sin saberlo, puedes ir preso sin sentencia y sin juicio. Es por eso que cerca de un millón seiscientos mil venezolanos hemos emigrado. No se puede vivir sin tener garantías personales y jurídicas.

Ahora la situación se agrava con una crisis económica que era previsible. Tengo familiares desesperados buscando medicinas para la hipertensión y otras enfermedades crónicas. Algunos familiares han cambiado sus hábitos alimenticios, volviéndose vegetarianos por fuerza. Se trata de una crisis económica causada por un gobierno que es incapaz de rectificar (ya sea por arrogancia o por temor a demostrar su incompetencia).

La pérdida de la Asamblea Nacional para el chavismo es un síntoma de que la gente ha despertado de su encanto populista. Pero la duda que sentimos  muchos venezolanos es que si este despertar no ha llegado demasiado tarde. Lo que se ve ahora es una lucha de poderes: un estado “cojo” que trabaja sólo con el poder ejecutivo (porque el poder judicial es apenas una marioneta de éste).

¿Pensar en volver? Siempre tu casa es tu casa, aunque esté en ruinas; aunque te la hayan arrebatado y sea la guarida de unos maleantes. Volver no es una meta inmediata, pero está en el horizonte.

¿Qué estás componiento o produciendo hoy en día?

Trabajo en cinco proyectos:

(1) Una pieza comisionada por la violinista Charlotte Munn-Wood, especialista en música contemporánea. Es una obra para violín, voz y electrónica pregrabada. Utilizo los sonidos y la voz de la propia violinista para crear una colección caleidoscópica de distintos paisajes sonoros.

(2) Compongo una pieza para violín y piano en homenaje a la comunidad de Newton, Massachusetts. Es una ciudad pegada al área metropolitana de Boston. Se trata de una obra para celebrar la diversidad cultural que caracteriza a esa comunidad (judíos, europeos, asiáticos, africanos, árabes y latinoamericanos). La pieza está construida en torno a una idea fija (un “ritornello”): la melodía de una canción patriótica de la época de la independencia americana, “The Liberty Song”.

(3) Trabajo en un ciclo de canciones y arreglos pop-operáticas para mi amigo el tenor mexicano Juan del Bosco. Es un proyecto con canciones en italiano e inglés. Queremos llegar a producir un espectáculo completo, con orquesta.

(4) Escribo un concierto para trombón para el virtuoso David Whitwell. Él toca un instrumento único. Le mandó a fabricar una válvula a su trombón, lo que hace que tenga un instrumento doble: es trombón tenor y trombón bajo al mismo tiempo, sólo con mover un dispositivo de su válbula. Whitwell es un artista versátil que puede tocar toda la gama de música virtuosa para el trombón, desde el jazz, la música clásica tradicional y la música experimental de vanguardia.

(5) Compongo un ciclo de canciones sobre textos de los místicos españoles para mi amigo el tenor catalán Josep Viader. En estas canciones exploro la música verbal de Fray Luis de León  y de San Juan de la Cruz, dos clásicos del Siglo de Oro español que admiro desde que era un muchacho.


Música de Icli Zitella en SoundCloud

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