Por qué Barack Obama no es Negro (de José A. Clavijo)

enmasde1minuto270

Por José A. Clavijo
para Neorika

Hace muchos años, cuando estudiaba en Nueva Orleans, tuve una novia estadounidense. Joye era –y presumo lo sigue siendo– una mujer hermosa. Estudiaba filosofía y practicaba la danza moderna. De rasgos exóticos y radiante personalidad, ella trascendía razas y culturas. Ah sí, olvidé comentar, Joye es negra. O por lo menos, así era como la encasillaban. En realidad, es “ecléctica”, porque en sus venas también fluye sangre Cheyenne y blanca. Pero en la sociedad de la época, que escasamente década y media atrás había anulado las oprobiosas Leyes Jim Crow y la Regla de una Gota, Joye era negra –o afrodescendiente–, en el lenguaje más matizado de nuestros tiempos.

Nunca pude entender tan arbitrarias y discriminatorias clasificaciones. Al fin y al cabo, según la UNESCO, biológicamente hablando, raza hay una sola, la humana. Joye no es negra, Joye es Joye.

Pero ya me estoy desviando del tema en cuestión. Quería reflexionar sobre el legado de Barack Obama, el primer presidente “afrodescendiente” de EE.UU. Y ahí, otra vez, surgen confusas etiquetas: Obama sí podría ser considerado “afrodescendiente”, porque su padre era keniano. Sin embargo, su madre, nacida en Kansas y de ascendencia predominantemente británica, era blanca. La infancia de Obama fue muy particular; con un padre ausente casi desde su nacimiento, fue criado por su madre y luego por sus abuelos maternos, en entornos multiculturales en Indonesia y Hawái. Por ello me resulta controvertido, y racialmente incorrecto, percibirlo solo como “afrodescendiente”.

Si habría que encasillarlo, sería mitad y mitad, con progenitores que le otorgan, idealmente, el derecho a ser considerado tanto blanco como negro.

Culturalmente hablando, la raza es cuestión no solo de identidad sino de percepción – con la escala de las percepciones basada en la noción de que las diferencias son intrínsecamente distinguibles. No obstante, si la raza es un asunto no solo de identidad y percepción, sino también de actuación, tenemos entonces que Obama, docto y de temperamento sereno y precavido, rompe con los estereotipos raciales de cualquier tipo. Rompe, incluso, con los arquetipos del político estadounidense.

Pero ya me estoy desviando de nuevo. Por lo tanto, permítanme posicionarme de una vez por todas: en mi modesta opinión, Obama fue un presidente excepcional. Si bien ha podido ser un presidente transformador, el polarizado clima político y la faceta más fea de la sociedad estadounidense confabularon para nublar su gran promesa. Le tocó duro: apenas investido, enfrentó dos guerras impopulares; una deteriorada imagen internacional de EE.UU. producto del unilateralismo neoconservador de George W. Bush; y sobre todo, la peor crisis financiera en generaciones, una que amenazaba con llevar al país, y al mundo, al borde del colapso económico.

Sin embargo, desde el inicio del mandato de Obama, su visión progresista y “pospartidista” fue visceralmente desestimada por la clase política republicana. Todas las iniciativas y propuestas de políticas emanadas desde la Casa Blanca fueron rechazadas por los congresistas republicanos, incluyendo un plan de inversiones en infraestructura, otro en materia de cambio climático, así como en reformas educativas y del sistema de salud –aún cuando todas estas habían sido previamente apoyadas por el partido rojo–. Los Republicanos en la Cámara Baja rechazaron por una (¿por unanimidad?) el paquete de estímulo económico propuesto por la Casa Blanca a principios de 2009, aún cuando Obama heredó el desastre financiero de la antigua administración Republicana, y a pesar de que los Demócratas habían votado por el controvertido rescate de Wall Street en la postrimería del impopular gobierno de George W. Bush.

Tanta mezquindad política desdice mucho del partido de Abraham Lincoln, Dwight, D. Eisenhower y Ronald Reagan, quien escasas décadas atrás había colaborado con los Demócratas en temas trascendentales de la agenda nacional (Por ejemplo, bajo la presidencia del demócrata Lyndon B. Johnson, una alianza norteña de congresistas republicanos y demócratas aprobó la histórica Ley de Derechos Civiles de 1964. Esta derogaba la discriminación basada en raza y color, e invalidaba las Leyes Jim Crow que regían en los estados sureños).

Los logros fueron contundentes: cuando Obama asumió la presidencia, la economía se había contraído en casi un 9% y se estaban perdiendo más de 700 mil empleos al mes; la industria automotriz estaba en bancarrota y los bancos se encontraban al borde del colapso. Hoy en día, la opinión generalizada entre economistas es que el paquete económico de Obama evitó una gran depresión e impulsó la recuperación económica. Las tasas de desempleo se encuentran por debajo del 5% (cercana al “empleo pleno”), ha bajado el déficit nacional y ha subido el Dow, y aunque las tasas de crecimiento económico no se asemejan a los niveles de décadas anteriores, son mayores que las de otras naciones industrializadas, e incluso que las de muchos mercados emergentes.

Fue solo en los primeros años de su administración, cuando los Demócratas dominaban ambas Cámaras del Congreso, que Obama pudo impulsar su agenda progresista. El logro estelar fue la aprobación de la controvertida reforma sanitaria. Aún con sus imperfecciones, la ley proporcionó seguro médico a más de 20 millones de estadounidenses sin cobertura previa. Pero la polémica desatada, tanto en una escala política como popular, fue furibunda. Ningún congresista republicano votó a favor. Obamacare fue equiparada con socialismo, a pesar de que EE.UU. sigue siendo el único país desarrollado sin cobertura médica universal. Parece un dèjá vu: en los años sesenta, Medicare –que provee atención médica a personas de la tercera edad, y a discapacitados– fue vilipendiada de manera similar al ser señalada como “medicina socialista” por Republicanos y el gremio médico.

II

Se comenta a menudo que el sistema político estadounidense se ha vuelto disfuncional, con un bipartidismo intransigente que ha desprestigiado a Washington D.C., y sobre todo al poder legislativo. Tal aseveración resulta simplista. EE.UU. es hoy en día una sociedad polarizada, con dos grandes visiones de país. Las diferencias demográficas, geográficas, culturales y doctrinales lucen incompatibles. Aunque parte de la sociedad estadounidense encubría las semillas del rencor y del racismo, el virulento obstruccionismo Republicano –salpicado con una radicalización de las redes sociales y de sitios de noticias, y la propagación de noticias falsas– ha contribuido a desatar una Caja de Pandora en la sociedad.

Donald Trump simboliza la irrupción de esta inquietante tendencia. Su pugnacidad e iconoclasia sirvió para convencer a un segmento de la población –blanca, rural, de clase obrera– de que podrá recuperar sus prerrogativas perdidas. Su estilo no puede contrastar más con el de su predecesor, figura emblemática de la sociedad multiracial y multicultural en la que está deviniendo EE.UU. Obama se convirtió en un foco de ira y reproche. Durante su mandato, los Republicanos se radicalizaron con elementos ultraconservadores usurpando el alma del partido. Las razones son diversas, pero el número de milicias de extrema derecha creció exponencialmente desde 2009.

Los ocho años anteriores fueron turbulentos. Obama también erró. La cautela demostrada en el conflictivo Medio Oriente, históricamente entendible desde la perspectiva del reciente intervencionismo estadounidense, fue percibida como debilidad; la incapacidad de hacer cumplir su línea roja en Siria, aprovechada con habilidad por Rusia; el acertado viraje estratégico hacia Asia-Pacífico fue desatendido por acuciantes desarrollos en el Medio Oriente, y las aspiraciones de Rusia por recuperar espacios geopolíticos perdidos.

Internamente, la mayor falla fue, sin a lugar dudas, la incapacidad de consolidar un Partido Demócrata que pudiera continuar su legado. En los últimos ocho años, este ha sufrido una avalancha de derrotas electorales (ha perdido 62 escaños en la Cámara, 10 en el Senado, y 10 gobernaciones) que lo dejan debilitado para contrarrestar la era de Trump. Los Demócratas carecen de una generación de relevo, reflejado en el hecho que los dos principales aspirantes presidenciales del partido eran septuagenarios.

Los logros recientes auguraban un futuro promisorio. Washington normalizó las relaciones diplomáticas con Cuba y negoció un histórico acuerdo nuclear con Irán. Obama reveló el más ambicioso plan contra el cambio climático jamás aprobado por un gobierno estadounidense. En sendos fallos, la Corte Suprema validó Obamacare y declaró legal el matrimonio homosexual en todo el país. La fluida transición del mandato de Obama a su heredera progresista estaba al alcance.

Pero ahora todo ha cambiado. La visión maniquea de Trump amenaza con desmantelar atropelladamente el legado de Obama. Sus primeros días en el cargo han sido polémicos y turbulentos.

Confieso que no compartía los vaticinios del ocaso hegemónico de EE.UU. El conjunto de ventajas estratégicas que posee supera ampliamente el de aliados y rivales. En un sistema internacional en metamorfosis, donde la actividad económica transita hacia servicios globales más intangibles, EE.UU. demuestra una excepcional capacidad para generar nuevos modelos de negocios y para innovar. Es precursor de sucesivas generaciones de nuevas tecnologías. Su dominio del sistema financiero y monetario internacional ha aumentado; la primacía del US$ como moneda de reserva mundial es indiscutida y el sector corporativo sigue siendo dominante.

III

EE.UU. puede combinar un imponente despliegue de poder duro –su presupuesto de defensa es mayor que el de los siguientes 20 países– con una capacidad de poder blando que trasciende el alcance de Washington D.C. A diferencia de otras potencias tradicionales y emergentes, que en las próximas décadas experimentarán decrecimientos demográficos que afectarán sus economías, la población estadounidense crecerá de manera sostenida debido en, gran parte, a la inmigración. También tendrá una distribución racial mucho más diversa, con el paso a ser minoritaria de la población blanca hacia mediados de siglo.

La privilegiada ubicación geográfica de EE.UU. lo escuda de amenazas geopolíticas directas, otorgándole la capacidad de proyectar sus intereses tanto en el Atlántico como el Pacífico. Tiene, además, una de las reservas de agua dulce más grandes del planeta. La vasta red de ríos navegables, con un impresionante sistema de puertos, es mayor que en el resto del mundo combinado, lo que le proporciona una ventaja competitiva en el transporte de productos y mercancías.

A pesar de todas las críticas al modelo estadounidense –algunas válidas, otras infundadas– EE.UU. representa un ideal. Su promoción de la economía de mercado ha creado prosperidad en partes del mundo en desarrollo que han adaptado sus propias versiones. El patrocinio de un sistema de libre comercio ha sido facilitado por su patrullaje de las vías marítimas globales. La denigrada Pax Americana ha contribuido al mayor crecimiento económico en la historia de la humanidad, un promedio del 3.8% anual en el período 1950-2014 –y, de paso, a un prolongado período de relativa paz-. Y a pesar de sus propias incongruencias internas, la promoción de los derechos humanos y la democracia, la transparencia y la rendición de cuentas, sigue siendo un faro en un mundo donde las potencias emergentes se muestran recalcitrantes a asumir juicios de valor.

El desafío más grande que confrontará EE.UU. no radica en las incertidumbres de un mundo en transición, sino en la capacidad de superar la actual polarización política y social. El riesgo no es una difusión de poder a nivel internacional, sino un vacío de poder, motivado por una decisión de Washington D.C. de desacoplarse unilateralmente de sus responsabilidades internacionales. Ni siquiera a China –la gran beneficiaria del estatus quo– le conviene tal escenario. Aún no ha surgido un modelo alternativo viable al orden liberal vigente, a pesar del inquietante auge del populismo en algunas regiones.

El legado de Obama hubiera representado, en lo ideal, una transición pragmática e incluyente al “excepcionalismo” estadounidense. Pero ahora el futuro se ha volteado: la gestión presidencial de Donald Trump es potencialmente catastrófica. Su temperamento voluble e impulsivo –su falta de preparación– llevará a EE.UU. a enfrentar una serpenteante sucesión de crisis.

No descarto que su mandato pudiera terminar prematuramente, envuelto en escándalos, acusaciones, y una oleada de rechazo popular –esta última conformada tanto por la movilización de un crisol de grupos desafectos, como por la rebelión de su incondicional base de apoyo, cuando se dé cuenta de que Trump no podrá cumplir con sus quiméricas promesas–. De ser así, las repercusiones serían aún mayores que las del escándalo de Watergate, hace más de cuatro décadas.

Y aunque logre sobrevivir, sería en medio de una tormenta nacional e internacional de desconocidas proporciones. En EE.UU. se ha despertado con furia el fantasma del aislacionismo y el populismo nativista. Al proclamar restricciones comerciales y fronteras cerradas, al desdeñar la diversidad y valores democráticos, al cuestionar un arraigado sistema de alianzas y tratados, Trump está rompiendo con el orden liberal internacional que ha prevalecido desde casi tres cuartos de siglo –uno que, irónicamente, tanto ha beneficiado EE.UU.–. Me hubiera parecido inconcebible hace apenas medio año, pero las ventajas estructurales que posee EE.UU. quedarían hoy postradas ante los caprichos de un demagogo egocéntrico. Y en tan significativa coyuntura histórica, el país quedaría debilitado. El mundo tomaría nota, sobrevendrían realineamientos de aliados, socios y rivales.

Creo que EE.UU., y el mundo, extrañará a Barak Obama. Este se retira con un elevado índice de aprobación (Trump asumió el cargo con el mayor margen de impopularidad de un presidente entrante desde que se realizan semejantes encuestas). La posteridad determinará el impacto de su legado: si resultó efímero, o si pudo perdurar. Y si la sociedad estadounidense estaba o no lista para su primer presidente “afrodescendiente”. Parte del país, ciertamente, no lo estaba. El fundamentalismo político y el racismo que su mandato desató en sectores retrógrados demuestran que a EE.UU. le falta trecho por recorrer para reconciliarse con sus nobles ideales.

No creo que Obama se retire al anonimato. EE.UU. está demasiado dividido, la encrucijada es trascendental. No descarto que Obama se convierta en una voz de la conciencia disidente. Es un habilidoso político progresista. Pero también sobresale el buen ciudadano. Y qué debería ser un buen político sino la expresión más virtuosa del buen ciudadano. Y para ser un buen ciudadano, hay que ser antes un buen ser humano; hay que tener compasión, y rectitud. Por eso me resulta incómodo encasillarlo. Obama es muchas cosas. Para mí, será el emblema nostálgico de lo que pudiera haber sido EE.UU., porque el futuro luce hoy en día en día mucho más incierto, mucho más preocupante. Yo lo extrañaré. Obama trasciende fronteras; trasciende razas y culturas. Obama no es negro, Obama es Obama.


José A. Clavijo es un ex diplomático venezolano, investigador y experto en política internacional.


Imagen inicial: Composición de Neorika con imágenes de WikiCommons.

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